El viaje de regreso a la ciudad andante, fue cuanto menos intranquilo, a pesar del soleado día de domingo, mi dolorida cara competía en cuanto a malestar con mi inflamado cerebro, y es que en apenas medio día había recibido tal cantidad de información y sorpresas que no sabía cómo empezar a digerirlo todo. Tenía muchas vías de investigación, pero lo que más tocado me había dejado era mi inesperada paternidad, las palabras de aquella preciosidad pelirroja aun resonaban en mi cabeza y no sé muy bien porque, pero me parecían muy convincentes. Crecí en el seno de una familia católica, mis padres eran de esas personas que vestían sus mejores trapos las mañanas de los domingos para acercarse a la casa del Señor. Cuando mi padre murió trágicamente, mi madre abandono toda la fe, pasaban los días y su depresión iba en aumento, bebía demasiado y a veces mi hermana Lucy y yo llegábamos del colegio y nos la encontrábamos tirada en el sofá semiinconsciente, por aquella época todo nos iba mal, las facturas se acumulaban, nuestros estudios iban de mal en peor y mi madre apenas conseguía trabajo. No fue hasta que conoció a Sally cuando las cosas mejoraron de manera increíble.
Sally era una bruja Wiccana que regentaba un negocio de esoterismo, una de esas tiendas donde por un par de dólares te leen las líneas de la mano y te dicen siempre lo que quieres escuchar. Mi madre no tenía nada que perder, bebía para olvidar, para no recordar aquel fatídico accidente, pero a su vez quería lo mejor para nosotros, sabía que necesitaba seguir adelante, necesitaba poder despedirse de mi padre. Y funcionó, no sé muy bien como pero tras cada visita a Sally mi madre parecía recobrar la sonrisa y las ganas de vivir, toda bebida alcohólica desapareció de la casa, estaba siempre limpia y ordenada, Lucy y yo teníamos siempre comida caliente, y mi madre nos ayudaba con los deberes. La Wicca pronto sustituyo la iconografía cristiana de nuestro hogar. A Lucy y a mi poco nos importaba la religión, mi madre había mejorado y eso es lo único que contaba. Tiempo después, ya en Europa y siendo yo un adolescente mi madre me explico cómo Sally la ayudo a contactar con mi padre y como mi madre quedo en paz gracias a ella, yo nunca creí en toda esa parafernalia, al igual que cuando vivíamos en Tucson, solo contaba que mi madre era feliz….
Mis pensamientos se vieron interrumpidos por unas repentinas e incontenibles ganas de orinar, por suerte solo quedaban dos millas hasta la próxima área de servicio, en la que una vez satisfechas mis necesidades, aproveche para conectarme a internet desde el Wifi de la cafetería. La página de AOL se abrió ante mí. El cursor parpadeaba sobre la barra de búsqueda y en mi cabeza toda la información recibida luchaba por ser la primera en aparecer en el buscador. Por fin teclee: August Jermyn. Páginas y páginas con información acerca de sus logros, de sus conferencias, pero poco que me pudiera ayudar en mi investigación, necesitaba al menos saber el paradero del profesor, una página me llamo la atención, en ellas se hablaba de una conferencia de Jermyn en la que hablaba sobre temas serios de su aparente verdadera profesión. Poco me importaba la neurocirugía y sus avances, lo único que me interesaba de aquel texto era un pequeño cuadro en el que explicaba al lector un poco acerca de la vida de Jermyn y que terminaba con “ahora retirado en la tranquilidad de la Isla de Kodiak en Alaska se dedica a la literatura y al disfrute de la naturaleza”.
Apunte todo en la servilleta que tenía al lado del café, cuando de repente a mi espalda una voz femenina y estridente me pregunto si quería más. Sobresaltado arrugue la servilleta y me la metí en el bolso del pantalón, cerré el notebook lo más deprisa que pude y deje un billete de 10 dólares en la bandeja de la inoportuna camarera. Mientras caminaba hacia el coche el recuerdo de Anthony volvía a mi mente, odiaba a Nataly por habérmelo ocultado, odiaba a aquella mujer por privarme de su existencia, pero aun la odiaba más por haber dejado que lo raptaran, aparté de mi mente todo ese rencor, y me dije que solo yo podía hacer que Anthony conociera a su verdadero padre, solo yo podía arrancarlo de las garras de esa panda de lunáticos pervertidos y sádicos, y por conseguirlo me llevaría por delante a quien hiciera falta.
Me senté en el asiento de mi Hyundai, y saque el teléfono móvil, tenía que hacer una llamada, busque por la guía el nombre de Pablo, y pulse la tecla de llamada. Pablo Pastrana era un viejo amigo, me había ayudado en muchos casos y lo más sorprendente es que no lo había hecho a cambio de dinero, simplemente sus ganas de hacer justicia y el que yo hubiese salvado la vida a su hermana Julia en un intento de violación era suficiente pago para el. Pablo trabajaba en el departamento de criminología de la policía de Boston, su especialidad era la química, analizaba todas las muestras que se encontraban en la escena del crimen, pero donde de verdad Pablo era un as era en el análisis de sustancias estupefacientes, gracias a su difícil infancia en las calles de Bogotá, Pablo estaba familiarizado con casi cualquier sustancia alucinógena que existiera, una vez en EEUU y tras años de estudios en la universidad, su carrera como investigador para la policía fue brillante y meteórica, siendo requerida su participación en numerosos casos a lo largo de todo el país.
Los tonos empezaron a sonar en el teléfono y cuando estaba a punto de desistir el marcado acento de Pablo se escuchó al otro lado de la línea, con su alegría característica al saber que era yo, me comento que se encontraba en el Fenway Park en el que estaba a punto de comenzar un partido de los Red Sox su otra gran pasión en la vida… y que podíamos quedar al finalizar el mismo en el parking del estadio, decidí dejarle con el béisbol y puse en marcha el motor del coche y me encamine directo a Boston.
En la radio sonaba Tonight , Tonight de Smashing Pumpkins, al aproximarme a la ciudad mi estado físico iba mejorando aunque en mi cabeza seguía todo dando vueltas como si de una centrifugadora se tratase, mi alivio fue ver que los rayos del sol seguían iluminando los ventanales de los edificios más altos pertenecientes a algunas de las mayores corporaciones tecnológicas del país, mi mirada se centró en el edificio de ESC, pequeña compañía que había crecido a un ritmo trepidante en muy pocos años, su dueño J. Raimond se lo había montado muy bien y ahora disfrutaba de una inmensa fortuna que dilapidaba de las formas más extravagantes en fiestas varias. Aparté de mi mente las locuras de ese tal Raimond, y me centre en buscar la salida al Fenway Park en la transitada interestatal que empezaba a adentrarse en Boston mientras Billy Corgan finiquitaba la canción con un “Believe in me as I believe in you , tonight…”

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